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Novedades

Fascismo y populismo: una mirada histórica para comprender los desafíos actuales de la democracia

02/10/2026
Federico Finchelstein y María Inés Pousadela analizaron en la Universidad ORT Uruguay las continuidades y rupturas entre los fascismos históricos y las tendencias autoritarias contemporáneas, en un contexto global marcado por la erosión democrática y la desinformación.
https://youtu.be/OSjlApj7BnQ?si=vU4rs2fydCDWbopX

¿Qué puede enseñar el fascismo histórico sobre el presente? ¿Hasta dónde es posible establecer paralelismos con fenómenos políticos contemporáneos? ¿Y cuáles son los límites de esas comparaciones? 

Estas fueron algunas de las interrogantes que atravesaron la conferencia "Las vidas paralelas del fascismo y el populismo", organizada por el Departamento de Estudios Internacionales de la Facultad de Administración y Ciencias Sociales de la Universidad ORT Uruguay.

La actividad se realizó el 4 de agosto de 2026 en el Hemiciclo del Campus Pocitos, como parte del Ciclo de Conferencias del Departamento de Estudios Internacionales. La instancia contó con la participación de Federico Finchelstein, PhD, y fue moderada por la Dra. María Inés Pousadela.

A cien años del ascenso de los fascismos europeos, el encuentro propuso una lectura histórica y política de sus vínculos con el presente. El liderazgo carismático, la construcción de enemigos, la erosión de las instituciones democráticas y la utilización de las crisis como instrumentos de movilización política estuvieron entre los principales ejes de análisis.

Pensar el fascismo para comprender el presente

Al comienzo de la actividad, la experta situó la discusión en un escenario internacional caracterizado por nuevos desafíos para los sistemas democráticos.

“Estamos en un momento de erosión democrática y desinformación. Pensar históricamente al fascismo nos puede ayudar a entender lo que está ocurriendo”, señaló.

La perspectiva histórica fue, precisamente, uno de los ejes centrales de la exposición de Finchelstein. El historiador planteó que, ante el crecimiento de tendencias autoritarias en distintas regiones, una de las preguntas fundamentales consiste en determinar cuánto hay de novedoso en el escenario actual y cuánto puede comprenderse a partir de experiencias anteriores.

“Una pregunta que me hago como historiador es si esto es nuevo o no. Hasta qué punto estamos viviendo un momento de ruptura con respecto a lo anterior”, expresó. 

Para él, la tarea de la historia supone, justamente, comprender “continuidades y rupturas” sin trasladar de manera automática categorías del pasado al presente.

Desde esa perspectiva, advirtió sobre los problemas que implica responder de manera tajante a una pregunta que aparece con frecuencia en el debate público: “¿Esto es fascismo o no?”.

El pasado, explicó, no puede repetirse de manera idéntica. Por eso, establecer una equivalencia absoluta entre fenómenos de épocas diferentes puede llevar a interpretaciones equivocadas. El desafío consiste en reconocer similitudes y genealogías políticas sin perder de vista las transformaciones históricas.

¿El fascismo desapareció después de 1945?

Durante su exposición, Finchelstein repasó algunas de las características que distinguieron a los fascismos históricos. Estos movimientos, explicó, se posicionaron tanto contra la izquierda como contra el liberalismo y promovieron una concepción particular del vínculo entre el pueblo y el poder.

En ese modelo, el liderazgo buscaba establecer una relación directa con la sociedad, desplazando las mediaciones institucionales y los mecanismos propios de la democracia liberal. Lo que los fascistas presentaban como una forma de democracia directa se tradujo, en los hechos, en experiencias dictatoriales.

El final de la Segunda Guerra Mundial marcó una ruptura fundamental, pero no significó la desaparición de las ideas fascistas. Finchelstein destacó que, después de 1945, el fascismo continuó existiendo, aunque dejó de constituir durante décadas una alternativa exitosa para alcanzar el poder.

“Muchas veces me preguntan: ¿dejó de existir?, ¿volvió? Nunca se fue. Nunca dejó de existir”, afirmó.

Para el historiador, por lo tanto, la cuestión central no pasa únicamente por determinar la supervivencia de esas ideas, sino por preguntarse si pueden regresar al poder y, desde allí, transformar las sociedades, incrementar la violencia y restringir derechos.

Esta distinción permite observar con mayor precisión las diferencias entre los fascismos históricos y los populismos contemporáneos. Mientras los primeros impulsaron proyectos totalitarios orientados a sustituir la democracia, muchos fenómenos populistas actuales actúan dentro de sistemas democráticos, aunque pueden tensionar sus instituciones y erosionar progresivamente sus límites.

Una tendencia global con particularidades en Uruguay

Finchelstein también abordó la expansión internacional de movimientos y discursos de extrema derecha y se detuvo en las particularidades del caso uruguayo.

“Uruguay no tiene los extremismos de Argentina”, señaló, al tiempo que planteó que el fenómeno debe comprenderse en el marco de una tendencia de alcance global.

“Estamos hablando de una ola a nivel global, pero me pregunto si quizás sea menor en Uruguay. Hay muy pocos lugares donde estos sectores no tengan la relevancia que tienen en muchos países del mundo”, sostuvo.

Más allá de las diferencias nacionales, Finchelstein fue claro respecto a las consecuencias que observa en este proceso: “Yo veo esta tendencia como un problema para la democracia”.

Su planteo apuntó a evitar tanto la equiparación automática con el fascismo histórico como la subestimación de las tendencias autoritarias contemporáneas. Comprender sus antecedentes, sus transformaciones y sus diferencias resulta, desde esta perspectiva, indispensable para analizar los desafíos que enfrentan actualmente los regímenes democráticos.

La posibilidad de discutir como signo democrático

Hacia el cierre, Finchelstein puso el foco en una diferencia esencial entre una democracia que atraviesa tensiones y un régimen en el que las libertades fundamentales ya han sido eliminadas: la posibilidad misma de discutir públicamente sobre el autoritarismo.

“El hecho de que estemos hablando de esto da el marco de que estamos en una democracia. En tiempos dictatoriales no hubiéramos podido tener este diálogo”, afirmó.

La existencia de tendencias autoritarias, sostuvo, no supone que hayan desaparecido las herramientas democráticas para enfrentarlas. Mientras exista la posibilidad de debatir, escribir, votar, cuestionar y expresar desacuerdo, la ciudadanía conserva mecanismos para responder frente a esas tendencias.

“Todo lo que vemos como tendencias autoritarias podemos discutirlo, resistirlo con nuestro voto o con lo que escribimos”, señaló.

Para Finchelstein, el verdadero punto de inflexión aparece cuando esa capacidad desaparece: “Cuando no podamos quejarnos o criticar, ese es el momento en que quizás tendremos que preocuparnos realmente por la limitación total de derechos”.

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